La Iglesia y los Derechos Humanos. En el Quincuagésimo Aniversario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos

Por: Monseñor Isaías Duarte Cancino, Arzobispo de Cali


I. LA DECLARACIÓN DE LOS DERECHOS HUMANOS

Próximos a terminar el presente siglo, no podemos menos que reconocer el carácter paradójico que nos presenta en su aproximación al ser humano. Ya lo decía el Santo Padre Juan Pablo II en su discurso inaugural en Puebla de los Ángeles -hace ya casi veinte años- al afirmar que el siglo XX es «la época de los humanismos y del antropocentrismo»; pero también es «la época de las más hondas angustias del hombre respecto de su identidad y destino (...) época de valores humanos conculcados como jamás lo fueron antes»
(1).

En la situación que vive hoy Colombia, detenernos a pensar por unos momentos en la Declaración de los Derechos Humanos significa comprender que tenemos un camino por recorrer para superar la violencia que nos embarga y encontrar las sendas de la paz.

Las dos Guerras Mundiales son hoy para nosotros trágico testimonio internacional de esa realidad. La muerte de más de cincuenta millones de personas, muchas veces con métodos racionales y científicamente elaborados, nos han mostrado hasta qué punto el hombre ha podido ir, con su razón, en contra del mismo hombre. La exagerada espiral de violencia surgida hace más de ochenta años no ha cesado. Baste pensar, hoy mismo, en la sufrida realidad de nuestra patria, en donde el terrorismo y la violencia -que llega a todos los sectores sociales de nuestra población-, presentan dramáticos rasgos de la lucha del hombre contra el hombre.

En el contexto de las dos Guerras Mundiales surgió, en 1945, la Organización de las Naciones Unidas, reunidas con el objetivo de velar para que se mantuviese la paz mundial y se promoviese un auténtico desarrollo humano(2). Tres años después, el 10 de diciembre de 1948, exactamente hoy hace cincuenta años, la Asamblea general de las Naciones Unidas adoptó la Declaración universal de los derechos del hombre que, en palabras de Juan Pablo II, «continúa siendo en nuestro tiempo una de las más altas expresiones de la conciencia humana»(3). Su influencia es innegable, así como su aceptación teórica en la mayoría de las naciones del mundo. Como afirmará también el Santo Padre: «En Asia y en Africa, en América, en Oceanía y en Europa, hombres y mujeres decididos y valientes han apelado a esta Declaración para dar fuerza a las reivindicaciones de una mayor participación en la vida de la sociedad»(4). A ella se apela, en ella se sustentan muchas esperanzas, a ella se acude para pedir justicia, liberación, solidaridad.

El documento de San Francisco, como fue llamado por el lugar en donde fue signado y proclamado, consta de siete considerandos y treinta artículos de muy amplia aplicación. A continuación daremos una rápida mirada a los mismos.

Los considerandos nos sitúan en las causas y objetivos que se pretenden. La causa principal parece estar descrita en el item en donde se afirma que «el desconocimiento y el menosprecio de los derechos humanos han originado actos de barbarie ultrajantes para la conciencia de la humanidad; y que se ha proclamado, como la aspiración más elevada del hombre, al advenimiento de un mundo en que los seres humanos, liberados del temor y de la miseria, disfruten de la libertad de palabra y de la libertad de creencias». Para ello, esa vivencia de la libertad, la justicia y la paz tienen por base el reconocimiento de la dignidad humana, que debe estar protegida por un régimen de Derecho, al que los estados firmantes se comprometen a asegurar el cumplimiento de los deberes y derechos fundamentales. Por todo ello, se proclama esa declaración como ideal común por el que todos los pueblos y naciones deben esforzarse.

Los artículos abarcan diversos aspectos: Podríamos mencionar en primer lugar el reconocimiento del hombre como libre e igual en dignidad y derechos y lo que de esto se deriva (no hacer distinciones, no a la esclavitud o torturas, igualdad ante la ley); en segundo lugar el reconocimiento del hombre en sociedad (derecho a circular libremente, a una nacionalidad, al matrimonio, a la propiedad); en tercer lugar los derechos del hombre en cuanto su participación en la organización social (libertad de pensamiento, de conciencia y de religión; libertad de reunión, derecho a participar en el gobierno del país) y, finalmente, los derechos económicos, sociales y culturales del hombre (derecho al trabajo, al salario, a un nivel de vida digno, a la educación, a tomar parte en la vida cultural de la comunidad). Reconoce la declaración, igualmente, el deber que tiene la persona con respecto a la comunidad «puesto que sólo en ella puede desarrollar libre y plenamente su personalidad».

No podemos menos que alegrarnos al considerar que, principios vividos desde los primeros tiempos de la vida cristiana, han sido puestos en una Carta que refleja un ideal común de la humanidad.

Por otro lado, repetidas veces se nos ha preguntado cuál es la relación entre el trabajo eclesial y el de los Derechos Humanos; por esa razón, con ocasión del quincuagésimo aniversario de la Declaración de San Francisco, queremos aprovechar la presente oportunidad para exponer cuál es el Magisterio Pontifico al respecto, de modo que tengamos criterios claros y una acción común, firme y decidida en favor del hombre, pues la Iglesia entiende, con el poeta Terencio, que "nada de lo humano le es ajena".


II. EL PENSAMIENTO DE LA IGLESIA

1) La preocupación por la persona humana es parte fundamental de la misión evangelizadora.

Debemos decir, en primer lugar, que es intrínseco al trabajo evangelizador de la Iglesia el empeño en favor de lo que hoy podríamos denominar "cultura de los derechos humanos". El mandato del Señor de amarnos los unos a los otros(5) impulsó la primitiva predicación apostólica, que no cejó en su empeño en pos de una auténtica promoción de la persona humana. San Pablo lo resume diciéndonos que en medio de la comunidad cristiana: «no hay griego y judío; circuncisión e incircuncisión; bárbaro, escita, esclavo, libre, sino que Cristo es todo y en todos»(6), de modo que San Juan puede afirmar en su primera carta: «Si alguno dice: "Amo a Dios", y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve»(7).

Desde sus inicios, entonces, la Iglesia ha puesto el máximo de sus intereses en servir a la humanidad. El empeño evangelizador de los primeros tiempos estuvo acompañado de muy creativas formas de promoción humana; baste recordar por el momento el papel protagónico que tuvo la Iglesia en la creación de hospitales y universidades; en el progreso científico y el cultivo de los campos; en el cuidado por la persona y la vida social, política y económica de acuerdo a la suprema ley del Amor. El testimonio de los monjes, civilizadores y creadores de Europa, de diversas congregaciones que, impulsadas por un carisma particular han servido de muy distintas maneras a los hombres de su tiempo; el trabajo de Obispos y sacerdotes en beneficio de su pueblo; la acogida de la buena nueva en numerosas actividades promovidas por laicos a lo largo de la historia... todo eso nos muestra una rica herencia en favor de los derechos humanos, en favor de la promoción humana.

Desde el siglo pasado en adelante, el trabajo evangelizador de la Iglesia se ha visto acompañado de un copioso magisterio social pontificio. Ocuparnos de él excede las pretensiones de nuestra presentación. En esta ocasión nos parece más adecuado centrar la exposición en el magisterio del actual pontífice, sin descuidar en su oportunidad la obligada referencia a sus predecesores.

2) Juan XXIII y la Pacem in terris

Afirmaba el actual Pontífice en 1979 que: «la encíclica de Juan XXIII Pacem in terris sintetiza, en el pensamiento de la Iglesia, el juicio más cercano a los fundamentos ideológicos de la Organización de las Naciones Unidas. Conviene, por consiguiente, basarse y atenerse a ello, con perseverancia y lealtad, para establecer la verdadera "paz sobre la tierra"»(8); por esa razón, iniciaremos este apartado considerando los aportes del Papa Bueno, que serán posteriormente confirmados y ampliados por el Magisterio de sus sucesores.

Juan XXIII establece un hito de importancia capital en la comprensión contemporánea de los derechos humanos. Casi al término de su fecunda vida, nos dejó en la Encíclica anteriormente aludida una exposición sintética de lo que la Iglesia entiende realmente por derechos humanos. Su preocupación central, como la de gran parte de la humanidad en ese entonces, nació en medio de la "guerra fría", de la violenta división generada en medio de las potencias triunfantes de la Segunda Guerra Mundial. Dieciocho años después de ser firmada la Declaración no había frutos reales, lo cual invitaba a la reflexión.

Entendía el Papa que la paz en la tierra «no puede establecerse ni consolidarse si no se respeta fielmente el orden establecido por Dios»(9). Dios, seguía diciendo, hizo de la nada el universo, y lo dotó de un orden maravilloso. Ese punto es central para la comprensión de un derecho humano. La propia dignidad no surge de un consenso, de un ponerse de acuerdo sobre algunos principios, sino que la dignidad humana está sólidamente asentada en la ley natural: «en lo íntimo del ser humano -afirma la Encíclica-, el Creador ha impreso un orden, que la conciencia humana descubre y manda observar estrictamente»(10). No se puede creer, por un lado, que el hombre es un elemento más de la creación y, por lo tanto, que «las relaciones de los individuos con sus respectivas comunidades políticas pueden regularse por las mismas leyes que rigen las fuerzas y los elementos irracionales del universo, siendo así que tales leyes son de otro género»(11). Por otro lado, tampoco se puede pensar que las leyes humanas dependen de la opinión de la mayoría.

Por esas razones, el Papa Roncalli propondría a la humanidad una lista de derechos humanos, no opuesta a la signada en 1948, sino intentando enriquecer y sintetizar el magisterio precedente sobre los derechos de los hombres.

Ante todo, precisa el Santo Padre, unidos a esos derechos están los deberes del ser humano. Estos brotan «inmediatamente y al mismo tiempo de su propia naturaleza». Es el Creador de todo quien ha grabado su imagen en el hombre; por lo tanto, el esfuerzo racional del ser humano estará orientado no a crear unos derechos sustentándose en una opinión común, sino a descubrir cuáles son esos derechos a partir de una comprensión adecuada de quién es el hombre. "Sólo cuando entendamos que los derechos del otro son deberes nuestros estamos respondiendo al espíritu y la intencionalidad profunda de la Declaración Universal"(12).

La persona es, pues, sujeto de derechos y deberes. En opinión del Santo Padre, decíamos, estos brotan de la ley natural(13), que entiende como primordial el derecho a vivir, a la existencia, de los que se siguen el derecho a un decoroso nivel de vida, a la buena fama, a la verdad y a la cultura. Asimismo, el derecho de poder venerar a Dios. Igualmente, los derechos a escoger libremente el estado de vida -entendiendo el matrimonio como «semilla y primera de la sociedad humana»-. La Encíclica también enumera derechos relativos a la economía, a la propiedad privada, a la reunión y asociación, a la residencia y emigración, a intervenir en la vida pública y, finalmente, a la seguridad jurídica.

Junto a esos derechos enumera los deberes que de aquellos se siguen. El primero de ellos, «en la sociedad humana, a un determinado derecho natural de cada hombre corresponde en los demás el deber de reconocerlo y respetarlo»(14). Además surge el deber de colaborar con los demás y el de actuar con sentido de responsabilidad(15).

Juan XXIII no pretendió hacer una declaración paralela a la carta de San Francisco, pues consideraba que la Declaración de 1948 era «argumento decisivo en favor de la misión de la ONU»(16). Sin embargo, reconocía: «no se nos oculta que ciertos capítulos de esta Declaración han suscitado algunas objeciones fundadas». La principal, según podemos entender en lo expuesto en la Encíclica sobre la Paz, a juicio de Juan XXIII, vendría a ser que los Derechos expuestos no estaban realmente sustentados en una concepción de la naturaleza humana, que la Iglesia afirma sólo se puede entender a la luz de la Revelación y de la ley natural impresa en el ser humano. No obstante, la Declaración, afirmaba la misma Encíclica: «debe considerarse como un primer paso introductorio para el establecimiento de una constitución jurídica y política de todos los pueblos del mundo»(17), y el papel que correspondía a la Organización de las Naciones Unidas era ir acomodando mejor las estructuras y medios a la amplitud y nobleza de sus objetivos, de modo que pudiese garantizar con eficacia los derechos del hombre, brotados de su dignidad de persona humana(18).

3) Hacia una comprensión de naturaleza humana: magisterio de Juan Pablo II.

La principal preocupación del actual Pontífice es, sin lugar a dudas, el ser humano. Ya nos lo hacía ver desde su primera encíclica, Redemptor hominis ("El redentor del hombre"), en donde nos ha mostrado la profunda inquietud que tiene ante la suerte del hombre que camina hacia el tercer milenio.

Juan Pablo II es hombre de nuestro tiempo y él mismo, como la Iglesia, "experto en humanidad": no sólo experimentó vivamente el dolor de la muerte de sus seres queridos desde su temprana infancia; sino que sufrió la guerra y el desgarro de ver compañeros suyos que, por razones de fe, eran enviados a la muerte de los campos de concentración durante la Segunda Guerra Mundial. Él ha vivido en medio de una dictadura totalitaria que quiso eliminar la vida religiosa de un pueblo; ha sufrido en propia carne un sangriento atentado que fuerzas malignas perpetraron en su contra. Juan Pablo II, en medio de todas esas vicisitudes, ha aprendido quién es el hombre y ha aprendido a hablar al hombre. Varias veces hemos podido oír en sus catequesis cómo considera que el Plan de la Providencia - a partir la experiencia vivida en su querida Polonia- lo ha invitado a conducir a la humanidad hacia el Tercer Milenio.

Podríamos decir que todo esto lo ha aprendido no sólo poniéndose a la escucha del grito del hombre, sino más aún, escuchando la voz de Dios en su Hijo Jesucristo. Ese es el mensaje que nos transmite y del que daremos una breve reseña.

1. El hombre de hoy teme por la obra de sus manos.

«No tengáis miedo» ha sido el mensaje que el Santo Padre ha transmitido con vitalidad sorprendente desde el inicio de su pontificado. Ese mensaje evangélico(19) refleja la preocupación grave que siente el Pontífice ante quien teme, principalmente, por el destino que ha labrado con la obra de sus manos: «El hombre actual -nos dice- parece estar siempre amenazado por lo que produce, es decir, por el resultado del trabajo de sus manos y más aún por el trabajo de su entendimiento, de las tendencias de su voluntad»(20). Las potencias humanas no están al servicio de su fin último, sino que son utilizadas para la autodestrucción. Una de las más nobles actividades que el ser humano puede realizar, como puede ser el uso de su entendimiento, es empleado para destruir al mismo hombre.

Sentimos amenazada nuestra existencia no por otra causa sino por nuestras obras. En diversas oportunidades y de varias maneras ha afirmado: «El hombre contemporáneo tiene pues miedo de que con el uso de los medios inventados por este tipo de civilización, cada individuo, lo mismo que los ambientes, las comunidades, las sociedades, las naciones, pueda ser víctima del atropello de otros individuos, ambientes, sociedades»(21). En muchos lugares no puede manifestar la verdad de la que está convencido, la fe que profesa. El hombre de hoy, en diversos lugares del orbe, ni puede obedecer a la voz de su recta conciencia, coartado como está por la alienación o por regímenes que violentan lo más íntimo de su ser: el "sagrario del Espíritu", que es la propia conciencia(22).

Estas consideraciones hacen ver que los derechos humanos, tal como han sido enunciados en la Carta de 1948, no son respetados; es más, son violentados. Sin embargo, el Papa es capaz de decir que no tengamos miedo. Su visión de la realidad lo hace capaz de lanzarnos más allá de estos fenómenos y nos invita a tratar de buscar cuáles son las razones de esta crisis de los derechos, así como cuáles son los fundamentos reales de los mismos.

2. La Declaración de los Derechos Humanos es instrumento adecuado para que el hombre viva en confianza.

No se crea, entonces, que la Iglesia y el Santo Padre tienen una visión negativa de la Declaración. Todo lo contrario. Cuando reflexiona sobre este siglo de grandes calamidades y opresiones, de devastaciones materiales y morales, Juan Pablo II reconoce la presencia de la necesaria actividad de las Naciones Unidas: «No se puede menos de recordar aquí-afirma-, con estima y profunda esperanza para el futuro, el magnífico esfuerzo llevado a cabo para dar vida a la Organización de las Naciones Unidas, un esfuerzo que tiende a definir y establecer los derechos objetivos e inviolables del hombre, obligándose recíprocamente los Estados miembros a una observancia rigurosa de los mismos. Este empeño ha sido aceptado y ratificado por casi todos los Estados de nuestro tiempo y esto debería constituir una garantía para que los derechos del hombre lleguen a ser en todo el mundo, principio fundamental del esfuerzo por el bien del hombre»(23).

La Declaración tiene un papel: es una gran ayuda y recibe el apoyo del Santo Padre. Cuando visitó, en 1979, el campo de concentración de Oswiecim, en su nativa Polonia, la reflexión sobre el horror de la guerra lo condujo a decir: «Sí, de todos modos, esta gran llamada de Oswiecim, el grito del hombre aquí martirizado debe dar frutos para Europa (y también para el mundo), hay que sacar todas las consecuencias de la Declaración de los Derechos Humanos»(24), la Carta de las Naciones Unidas debe jugar un papel fundamental para impedir que el hombre atente contra el mismo hombre, y al mismo tiempo procurar el hombre sea promotor del hombre.

3. Debilidades de la Declaración: diversidad entre la letra expuesta y el espíritu que la anima.

Vista la necesidad de que los hombres de hoy cuenten con un instrumento seguro que los ayude a ejercer cada vez más y mejor su humanidad, el Santo Padre reconoce que los principios y declaraciones de tan valioso documento aún se muestran insuficientes.

En la Encíclica Redemptor hominis, Juan Pablo II nos invita a una lectura más allá de la letra expuesta en la Declaración, a fin de encontrarnos con el espíritu de la misma, de modo que no nos quedemos en una mera enunciación formal de términos, que pueden tener ambigua interpretación, y descubramos lo que se quiere afirmar en cada uno de los artículos.

Los atentados contra el ser humano de nuestros días, nos dice en la Encíclica mencionada, son «consecuencia de otras premisas que minan, o a veces anulan casi toda la eficacia de las premisas humanísticas de aquellos programas y sistemas modernos. Se impone entonces necesariamente el deber de someter los mismos programas a una continua revisión desde el punto de vista de los derechos objetivos e inviolables del hombre»(25).

La crítica central que hace el Santo Padre en la Redemptor hominis es que la letra de la Declaración atenta muchas veces contra su espíritu. ¿Cómo se puede haber llegado a este estado? Entiende Juan Pablo II que es preciso reflexionar sobre el auténtico espíritu que debe alentar a tan noble declaración. Y esa reflexión debe tener al hombre como fin. Es preciso reflexionar sobre la verdadera naturaleza del ser humano para poder saber cuál es su real dignidad y así descubrir el auténtico sentido de sus derechos y deberes. Y es preciso, más aún, que el espíritu informe la letra, y se haga vida en las obras de cada día. Los estados signatarios no se han puesto de acuerdo en este punto, de modo que entendemos que es necesario saber lo que debe estar detrás de esa Declaración.

4. Es necesario reconocer la existencia de una naturaleza humana.

Ante esa realidad, es preciso tener criterios claros, que orientarán nuestra acción pastoral y apostólica. ¿Cuál es el centro y objetivo fundamental de los Derechos humanos? El hombre. Como afirmó el Santo Padre en 1979 ante la Asamblea General de las Naciones Unidas: «Gobiernos y Estados del mundo entero comprendieron que, si no quieren enfrentarse y destruirse recíprocamente, deben unirse. El camino real, el camino fundamental que lleva a esto pasa a través de cada hombre, a través de la definición, el reconocimiento y el respeto de los derechos inalienables de las personas y de las comunidades de los pueblos»(26). El camino pasa a través de cada hombre. Debemos descubrir cuál es su auténtica naturaleza, para así poder definir con precisión cuáles son sus derechos, pues -afirma el Pontífice- «existen unos derechos humanos universales, enraizados en la naturaleza de la persona»(27).

¿Cuál es a juicio del Santo Padre la raíz de esta naturaleza? Nos dirá: «La ley moral, escrita en el corazón del hombre, es una especie de "gramática" que sirve al mundo para afrontar esta discusión sobre su mismo futuro»(28). De modo que necesitamos el uso de una gramática común, que encuentra su sustancia en la auténtica y veraz comprensión de los que significa la ley moral, escrita en el corazón del hombre.

Veamos, entonces, cuál es la naturaleza del ser humano, cuál el sentido de la ley moral que nos servirá de gramática común, en feliz expresión del Santo Padre. Él mismo nos va a dar una clave de solución al afirmar siguiendo la doctrina del Vaticano II: «El hombre, la única criatura a la que Dios ha amado por sí misma, tiene una dignidad que le viene de su naturaleza espiritual, en la que se encuentra la impronta de su Creador, ya que ha sido creado a su imagen y semejanza (cf. Gn 1,26), y ha sido dotado de las más elevadas facultades que posee una criatura: la razón y la voluntad. Estas le permiten decidir libremente y entrar en comunicación con Dios, para responder a su llamada y realizarse según su propia naturaleza. En efecto, al ser de naturaleza espiritual, el hombre es capaz de acoger las realidades sobrenaturales y de llegar a la felicidad eterna, que Dios le ofrece gratuitamente. Esta comunicación es posible, puesto que Dios y el hombre son dos esencias de naturaleza espiritual»(29).

El hombre posee una dignidad inalcanzable por cualquier otra criatura: posee la misma esencia de Dios, lo que lo hace aspirar a vivir la vida misma de su Creador. Así pues, la razón y voluntad humanas nos deben conducir a las realidades eternas, a vivir de acuerdo a la vocación de hijo de Dios a la que el ser humano es invitado. Toda realidad, para ser auténtica humana, debe ser acorde con la esencia misma del ser humano. Si despreciamos el concepto de naturaleza humana, mutilaremos al hombre; si despreciamos al hombre, mutilaremos su naturaleza humana, dejaremos de lado la presencia viva de Dios en ese hombre concreto.

Ese enfoque metafísico y ontológico, afirma el Pontífice, «nos permite comprender el misterio de la Encarnación y la Redención, por el cual Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre, asumió la naturaleza humana (cf. Gaudium et spes, 22)»(30). Jesucristo, como había afirmado el Vaticano II, mostrará al hombre cómo ser hombre, le descubrirá el auténtico rostro, su real naturaleza. Esta afirmación es vértice para comprender auténticamente la naturaleza humana, así como los derechos y deberes que de ella se desprenden.

Ahora bien, ese concepto de naturaleza nos invita a la relación fraterna: «Hablar de naturaleza humana nos hace recordar también que existe una unidad y una solidaridad de todo el género humano, ya que hay que considerar al hombre "en la plena verdad de su existencia, de su ser personal y a la vez de su ser comunitario y social" (Redemptor hominis, 14)»(31). Naturaleza humana es estar en relación con Dios y con los hermanos; nos revela que la vida del ser humano es una invitación permanente a la comunión y participación con Dios y con los hombres. Como afirmó al conmemorar el cincuenta aniversario del inicio de la Segunda Guerra Mundial: «queremos repetir a la humanidad de hoy que el hombre no es auténtico si no se acepta ante Dios como criatura; que el hombre no es consciente de su dignidad si no reconoce en sí mismo y en los demás la señal de Dios que lo ha creado a su imagen; que no es grande sino en la medida en que su vida es una respuesta al amor de Dios y se pone al servicio de sus hermanos»(32).

5. Una doble amenaza: no reconocer la universalidad e indivisibilidad de los Derechos Humanos.

Uno de los graves problemas ante los cuales nos enfrentamos, y en donde el trabajo eclesial debe ser muy claro, tiene doble dimensión. Por un lado, hay quienes niegan universalidad a los derechos humanos, pues niegan la existencia de una naturaleza humana común a todos, confundiendo cultura o culturas con la esencia de lo humano: «Ciertamente -afirmó en 1995 en Nueva York, en la Asamblea General de las Naciones Unidas-, no hay un único modelo de organización política y económica de la libertad humana, ya que culturas diferentes y experiencias históricas diversas dan origen, en una sociedad libre y responsable, a diferentes formas institucionales. Pero una cosa es afirmar un legítimo pluralismo de "formas de libertad", y otra cosa es negar el carácter universal o inteligible de la naturaleza del hombre o de la experiencia humana»(33).

Ante los derechos humanos, denuncia el Santo Padre, hay dos características que se ven amenazadas: la universalidad y la indivisibilidad. Por un lado, ninguna experiencia humana agota lo que es el hombre, aunque sí lo pueda expresar. Ninguna cultura, raza o lengua, sino sólo Jesucristo es quien nos puede mostrar la auténtica naturaleza humana. Por esa razón, la aplicación de los derechos humanos deben ser universales, porque su sustrato es universal. Y al mismo tiempo, no se puede dividir el concepto en un modo de opinar sobre el hombre, en un punto de vista, no se puede "parcelar" o dividir la naturaleza humana. Es universal pero una al mismo tiempo: «Universalidad e indivisibilidad -nos dice- son dos principios guía que exigen siempre la necesidad de arraigar los derechos humanos en las diversas culturas, así como de profundizar en su dimensión jurídica con el fin de asegurar su pleno respeto»(34).

Al comprender la naturaleza del ser humano, podremos entender mejor no sólo quién es, sino cuáles son los reales valores o dones que debe cultivar. También al respecto nos ilumina el Magisterio del Santo Padre Juan Pablo II, quien al acudir por vez primera la foro de las Naciones Unidas en 1979, quiso mostrar al mundo parte del rico patrimonio de la Iglesia al enseñar que, entre los valores materiales y espirituales, estos últimos tienen preferencia y deben ser motivo de atención especial, lo que constituye tarea de la Iglesia, sin descuidar lo material. Detrás del pensamiento del Santo Padre descubrimos la huella de sus antecesores. Hacer un recuento de los mismos nos alejaría del tema tratado, pero consideramos pertinente recordar que, cuando Pablo VI habló sobre el auténtico desarrollo del ser humano, propuso un plan que merece la atención recordarlo en este momento.

6. De la naturaleza humana brota el sentido del auténtico desarrollo del hombre

Entiende el Papa Montini que para lograr una auténtica vivencia de humanidad, el hombre debe hallarse a sí mismo, asumiendo valores superiores como son la amistad, la oración, la contemplación(35). Es todo un programa de vida, que consiste en pasar de «condiciones menos humanas a condiciones más humanas», expresado de la siguiente manera:
«Menos humanas: las carencias materiales de quienes están privados del mínimun vital y las carencias morales de los que están mutilados por el egoísmo. Menos humanas: las estructuras opresoras, que provienen del abuso del tener o del abuso del poder, de la explotación de los trabajadores o de la injusticia de las transacciones. Más humanas: el remontarse de la miseria a la posesión de lo necesario, la victoria sobre las calamidades sociales, la ampliación de los conocimientos, la adquisición de la cultura. Más humanas también: el aumento en la consideración de la dignidad de los demás, la orientación hacia el espíritu de pobreza, la cooperación en el bien común, la voluntad de paz. Más humanas todavía: el reconocimiento, por parte del hombre, de los valores supremos, y de Dios, que de ellos es la fuente y el fin. Más humanas, por fin y especialmente: la fe, don de Dios acogido por la buena voluntad de los hombres, y la unidad en la caridad de Cristo, que nos llama a todos a participar, como hijos, en la vida de Dios vivo, Padre de todos los hombres»
(36).

Podemos interpretar que, en el pensamiento del Papa Pablo VI, este programa responde con precisión a los derechos que nacen de la dignidad humana.

Por otro lado, en la anteriormente mencionada intervención de Juan Pablo II en la ONU, precisó las razones teológicas y metafísicas por las cuales el ser humano debe tener ese camino de desarrollo cuando afirmaba: «Es necesario medir el progreso de la humanidad no sólo por el progreso de la ciencia y de la técnica, por encima del cual sobresale toda la singularidad del hombre en relación con la naturaleza, sino al mismo tiempo, y más allá, por la primacía de los valores espirituales y por el progreso de la vida moral.

El Santo Padre exhortaba a trabajar arduamente, en sintonía con el magisterio de sus predecesores, en conseguir los fines materiales y espirituales acordes a nuestra naturaleza. «Para el hombre concreto que vive y espera -afirmó-, las necesidades, las libertades y las relaciones con los demás no corresponden nunca únicamente a la una o a la otra esfera de valores, sino que pertenecen a ambas esferas»(37). De esa manera, el ser humano se realiza viviendo el Evangelio en medio del mundo, y a eso responde lo más íntimo de su ser. En la relación entre ambas realidades no hay oposición, sino primacía. Ésta corresponde a los valores espirituales, quienes dotarán de sentido a los materiales. Nunca la obtención de un bien material puede ir en contra de los espirituales; al mismo tiempo, nunca los valores espirituales van a despreciar o eliminar los materiales. Nuestra sociedad contemporánea ha desarrollado enormemente los valores materiales. Sin embargo, «ha engendrado, también, en teoría y más aún en la práctica, una serie de actitudes que, en medida más o menos relevante, han hecho disminuir la sensibilidad por la dimensión espiritual de la existencia humana»(38), reduciendo al hombre a una sola concepción y esfera de valores. Cuando se interpreta tanto al ser humano, como a su dignidad y derechos desde esta óptica, se está reduciendo al hombre, se violan sus derechos fundamentales, se entiende la situación de crisis en que hoy vivimos.

III. UNA PASTORAL DE LOS DERECHOS HUMANOS: QUE LA LETRA SEA PUESTA EN PRÁCTICA DE ACUERDO A SU ESPÍRITU.

Finalmente, no podemos dejar de revisar, aunque sea brevemente, cómo este planteamiento sustentado en el hombre debe tener una puesta en práctica. Es decir, debemos descubrir cómo realizar una pastoral de los Derechos Humanos.

¿Qué significa todo esto en opciones pastorales concretas? El Santo Padre dirigió un discurso a los participantes del primer Congreso mundial sobre la pastoral de los derechos humanos, realizado en julio del presente año. En él marcaba algunas directivas que merecen ser acogidas para poner por obra todo lo anterior.

Ante todo, recordaba que el centro de los derechos humanos, es la dignidad de la persona humana. Tomando la idea expuesta en la Redemptor hominis, indicaba que «el primer objetivo de la pastoral de los derechos humanos es, pues, lograr que la aceptación de los derechos universales en la "letra" lleve a la puesta en práctica concreta de su "espíritu" en todas partes y con la mayor eficacia, a partir de la verdad sobre el hombre, de la igual dignidad de toda persona, hombre o mujer, creado a imagen de Dios y convertido en hijo de Dios en Cristo»(39). Esto significa que cada uno pueda conocer la verdad sobre sí mismo; que, de acuerdo a su propia identidad personal, trabaje desarrollando su personalidad, los dones que Dios ha depositado en su interior: en su trabajo intelectual, o como obrero, en su familia, en la sociedad. Es, como vemos, el mismo trabajo que realiza la Iglesia...

El segundo objetivo de la pastoral de los derechos humanos -enseña el Papa- «consiste en plantear "los interrogantes esenciales que afectan a la situación del hombre hoy y en el mañana" (Redemptor hominis, 15), con objetividad, lealtad y sentido de responsabilidad»(40). En ese sentido, se deben atender las condiciones económicas y sociales, sobre todo de quienes viven en un estado de pobreza extrema, más contrastante aún cuando vivimos en medio de grandes avances humanos y mucho empleo y despilfarro de riquezas. Los derechos sociales y económicos derivan de esta perspectiva. Y, al mismo tiempo, se debe tener una atención especial a la dimensión educativa, en donde se forja al hombre del mañana.

Finalmente, iluminados por el Magisterio de la Iglesia, debemos decir que la pastoral de los Derechos Humanos tiene también, en nuestra tierra, un rostro específico: el trabajo por la paz. El reconocimiento de una común dignidad como hijos de Dios, nos lleva a preocuparnos por el trabajo efectivo de pacificación en que nuestra nación debe involucrarse. Esto implica, ante todo, el trabajo por el reconocimiento de que «la fe y la oración son nuestras armas espirituales, ciertamente más poderosas que las armas destructoras y homicidas de los enemigos de la patria»(41), pero al mismo tiempo, el esfuerzo sostenido de cada uno de nosotros para que la ley moral, que se desprende de nuestra común naturaleza, se impregne en todos los estamentos de nuestra patria.

Siguiendo las enseñanzas de los pontífices, debe haber un trabajo de lucha frontal contra el egoísmo, pues «no es posible que erijamos nuestra personal conveniencia en norma para calificar de buenas o malas las reformas que el país necesita con urgencia» (42), de modo que trabajemos eficientemente porque el bien común prime sobre el bien particular.

Finalmente, «como formas concretas de estos esfuerzos y compromisos es necesario el desarme de los espíritus, el rescate de la justicia, el combate contra la miseria, la defensa de los derechos humanos, la comunicación cristiana de bienes, la reconciliación entre todos»(43)

 

NOTAS:

(1) Juan Pablo II, Discurso inaugural, 28/1/79, 1.9.
(2) Ver: Preámbulo de la Declaración Universal de los Derechos Humanos.
(3) Juan Pablo II, Discurso ante la Asamblea general de las Naciones Unidas, Nueva York, 5/10/95, 2.
(4) Juan Pablo II, Discurso ante la Asamblea general de las Naciones Unidas, Nueva York, 5/10/95, 2.
(5) Ver: Jn 13,34.
(6) Col 3,11.
(7) 1Jn 4,20.
(8) Juan Pablo II, Discurso ante la Asamblea general de las Naciones Unidas, Nueva York, 2/10/79, 11.
(9) Juan XXIII, Pacem in terris, 1.
(10) Juan XXIII, Pacem in terris, 5.
(11) Juan XXIII, Pacem in terris, 6.
(12) Comunicado de la Comisión Episcopal de Pastoral Social, con ocasión del 50 Aniversario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, conmemorado por la LXX Asamblea Plenaria del Episcopado Español (26-XI-1998).
(13) Juan XXIII, Pacem in terris, 28.
(14) Juan XXIII, Pacem in terris, 30.
(15) Juan XXIII, Pacem in terris, 28-34.
(16) Juan XXIII, Pacem in terris, 143.
(17) Juan XXIII, Pacem in terris, 144.
(18) Ver: Juan XXIII, Pacem in terris, 144-145.
(19) Ver: Mt 8,26; 10,26; 17,7.
(20) Redemptor hominis, 15b.
(21) Dives in misericordia 11a.
(22) Ver: Dives in misericordia, 11 b.
(23) Redemptor hominis 17.
(24) Juan Pablo II, Homilía en el campo de concentración de Brezezinka, 7/76/98.
(25) Juan Pablo II, Redemptor hominis, 17c.
(26) Juan Pablo II, Discurso a la Asamblea general de las Naciones Unidas, Nueva York, 2/10/79, 7.
(27) Juan Pablo II, Discurso a la Asamblea general de las Naciones Unidas, Nueva York, 5/10/95, 3.
(28) Juan Pablo II, Discurso a la Asamblea general de las Naciones Unidas, Nueva York, 5/10/95, 3.
(29) Juan Pablo II, Discurso a los miembros de la Academia pontificia de ciencias reunidos en asamblea plenaria, 27/10/98.
(30) Juan Pablo II, Discurso a los miembros de la Academia pontificia de ciencias reunidos en asamblea plenaria, 27/10/98, 5.
(31) Juan Pablo II, Discurso a los miembros de la Academia pontificia de ciencias reunidos en asamblea plenaria, 27/10/98, 5.
(32) Juan Pablo II, Carta apostólica con ocasión del 50° aniversario del comienzo de la Segunda Guerra Mundial, 27/8/89, 13.
(33) Juan Pablo II, Discurso ante la Asamblea general de las Naciones Unidas, Nueva York, 5/10/95, 3.
(34) Juan Pablo II, Mensaje para la jornada mundial de la paz de 1988, 2.
(35) Ver: Pablo VI, Populorum progressio, 20.
(36) Ver: Pablo VI, Populorum progressio, 20 y 21.
(37) Juan Pablo II, Discurso a la Asamblea general de las Naciones Unidas, Nueva York, 2/10/79, 14.
(38) Juan Pablo II, Discurso a la Asamblea general de las Naciones Unidas, Nueva York, 2/10/79, 15.
(39) Juan Pablo II, Discurso a los participantes en el Congreso mundial organizado por el Consejo pontificio Justicia y paz, 4/7/98, 3.
(40) Juan Pablo II, Discurso a los participantes en el Congreso mundial organizado por el Consejo pontificio Justicia y paz, 4/7/98, 4.
(41) Conferencia Episcopal Colombiana, Mensaje al pueblo al término de la 49ª Asamblea plenaria extraordinaria. Bogotá, 1988.
(42) Allí mismo, 10.
(43) Allí mismo, 12.